miércoles, 15 de febrero de 2017

“Hoy no puedo ir a entrenar”

Hoy no puedo ir a entrenar. He despertado de la siesta y sólo tengo media hora para preparar la mochila y llegar al pabellón. No me da tiempo. O sí, pero llegaría un poco tarde y seguro que el entrenador no me deja unirme a la sesión o, en el mejor de los casos, me hará correr hasta que se canse de vacilarme por haber sido impuntual.
Hoy no puedo ir a entrenar. He estado estudiando toda la tarde y se me ha ido la hora. Estoy agotado, no he avisado para que me acerquen al pabellón y está lloviendo sin parar. Aún encima, allí siempre hay diez grados menos que en el resto de metros cuadrados de la ciudad. Aún encima, seguro que voy y enfermo, que hoy nos toca preparación física y con tantos cambios de ritmo me voy a pillar una gripe de caballo y después no puedo ir al cumpleaños del amigo de turno el viernes por la noche.
Hoy no puedo ir a entrenar. Parece que se me está levantando dolor de cabeza. Muy de vez en cuando. Sólo cuando apago la tele y me aburro de ver la vida pasar mientras sigo con el culo pegado al sofá. Mierda, ya ha pasado medio día y tengo todos los trabajos para esta semana sin hacer. Ni de coña me da tiempo de ir a entrenar, ya “pierdo” más de dos horas entre unas cosas y otras.
Hoy no puedo ir a entrenar. Entre el café con unos, la comida con otras, ir a devolver la chaqueta a esta tienda y acompañar a mi hermano a esta otra se me echa el tiempo encima y además estoy derrotada. No creo que al míster le importe, total jugamos contra los últimos de la liga y seguro que algún minuto me pondrá a jugar igual aunque falte.
Y así, todos los días de mi vida durante más de una década que llevo inmersa en este deporte. A los más pequeños, se lo consienten en casa. Les dan la razón. Hoy no puedes ir porque no te da tiempo a hacer los deberes después de estar tres horas en el parque, una y media con ellos de cafetería en cafetería y otro tanto con la tablet o con su móvil para que no molestes demasiado mientras se ponen al día con sus colegas o se quejan de la situación laboral. Mucho mejor el sofá y la consola, que no suponen mayor sacrificio para los adultos que el económico en dotar la casa de tecnologías en cada rincón.
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A los que ya están creciditos no es que se lo consientan, es que se lo prohiben. Has suspendido tres asignaturas este trimestre de tanto tiempo que pierdes con el baloncesto (una hora y media, tres días a la semana), así que ve avisando a tu entrenador de que este mes solo irás a entrenar los viernes hasta que las recuperes. Mientras tanto, no me importa que te encierres en la habitación a subir treinta Insta Stories al día, que te pesen los párpados de repasar Facebook de arriba abajo, ni que tu Whatsapp esté permanentemente en línea. Total, seguramente que de las cuatro horas que te pasas encerrado o, en el mejor de los casos, en la biblioteca, diez minutos los has dedicado a preparar el examen.
Y por último, estamos los mayores, dentro de los que ya me incluyo no sé muy bien si por edad o por experiencia en acarrear con esta retahila de excusas. Estamos los que nos creemos con derecho a decidir si ir o no según el pie con el que nos levantemos y pese a ello exigir condiciones. Nos creemos con la potestad de recriminar decisiones de alguien que, por lo general, sabrá un poco más de basket que nosotros y se ceñirá a unas normas que nos toca la moral tener que cumplir. Estamos nosotros, los mayores, que no vamos a entrenar pero queremos cuarenta minutos, treinta puntos, veinte rebotes, diez asistencias y una palmadita en la espalda por lo maravillosos que somos. Ahí, ahí, que se note que desde la cantera se ha hecho hincapié en la educación deportiva, en los valores de un deporte en equipo, en el compromiso y la economía del esfuerzo en detrimento de resultadismos y elitismos. Que se note, que se sienta. Siendo ejemplo de los que vienen por detrás.
No nos engañemos. Esto es fruto de la sociedad en la que vivimos, anclada en la comodidad de quien todo lo tiene en bandeja. Una sociedad en la que nos negamos a dar un paso más si con lo que sabemos y conocemos nos llega para ir tirando. Somos la sociedad del que sobrevive, sin demasiado interés en vivir. Y esto también ocurre en el basket. Que se olvidan los valores. Que se confunde el invertir tiempo con perderlo. Que se imponen individualidades al equipo. Que se entiende como un capricho del niño por hacer lo mismo que sus compañeros, no como un deporte que aporta bienestar físico y mental, favorece la socialización, la integración, la empatía y el sacrificio ligado a una competitividad que siempre deberá de ser sana.
En definitiva, que hoy no podrá ir a entrenar. Ni mañana. Ni pasado. Pero el día que realmente no pueda, por lesión, por causas de fuerza mayor, tú como adulto te arrepentirás de haberle privado de la libertad de elegir, de no haberle ayudado a organizarse porque tiempo lo hay seguro siempre y cuando permanenzcan las ganas. Y yo, como vosotros y vosotras, como seres independientes y autónomos, nos arrepentiremos de no haber disfrutado del balón, de la cancha, de lo que el entrenador de turno al que le tenía manía me pudo haber enseñado mientras me escudé en cien mil y una excusas y de lo que, al menos para mí a día de hoy, más que un hobbie, es un modo de vida.
Como diría un gran profesor y mejor persona:
“Bico que teña, alomenos, o grandor do mundo”.
María Limeres

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